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    September 12

    PEQUEÑO HOMBRECITO V

     


    Ya sé que esto también es ajeno a tu pensar y sentir. Pero créeme: si un centenar de veces, mil, un millón, inflinjes heridas que no puedes curar -incluso aunque al poco tiempo te olvides de lo que hiciste- el gran hombre sufre por tus delitos en tu lugar, no debido a que éstos sean grandes delitos, sino porque son mezquinos. Le gustaría saber qué es lo que te mueve para hacer cosas como estas: insultar a tu compañero marital porque él o ella te ha contrariado; torturar a tu hijo porque no le gusta un vecino vicioso; mirar con sorna a una persona amable y explotarla; coger donde se te da y dar donde se te exige, pero nunca dar donde se te da con amor,« dar otra patada al compañero que está hundido o a punto de hundirse; mentir cuando se pide la verdad, y siempre acorralar a la verdad en lugar de la mentira. Siempre estás del lado de los perseguidores, Pequeño Hombrecito.

    Para ganarse tu favor, Pequeño Hombrecito, para ganarse tu inútil amistad, el gran hombre tendría que ajustarse a tí, tendría que hablar en la forma que tú lo haces, tendría que adornarse con tus virtudes. Pero si tuviera tus virtudes, tu lenguaje y tu amistad, ya no seguiría siendo grande, sincero y sencillo. La prueba de ello: los amigos que hablaron de la forma en que tú querías que hablaran, nunca han sido grandes hombres.

    No crees que tu amigo pudiera conseguir algo grande. Secretamente te desprecias, incluso cuando -o especialmente cuando- haces la mayor ostentación de tu dignidad; y desde el momento en que te desprecias a tí mismo, no puedes respetarle a él que es tu amigo. No puedes creer que alguien que se sienta en la misma mesa contigo o vive en la misma casa pudiera alcanzar algo grande. Estando cerca tuyo, Pequeño Hombrecito, es difícil pensar. Uno sólo puede pensar sobre tí, no contigo. Ya que tu estrangulas cualquier pensamiento grande y arrebatador. Como madre le dices a tu hijo que explora su mundo: «Esto no es cosa de niños». Como profesor de biología dices: «Esto no es para estudiantes decentes. ¿Acaso dudan sobre la teoría de los gérmenes del aire?» Como maestro de escuela dices: «Los niños son para ser vistos y no para ser oídos.» Como esposa dices: «¡Ja! ¿Un descubrimiento? ¡Tú y tus descubrimientos! ¿Por qué no vas a la oficina como todo el mundo y haces una vida decente?»

    Pero tú crees lo que se dice en los periódicos, tanto si lo entiendes como si no.

    Y te diré Pequeño Hombrecito: Has perdido la sensibilidad de lo mejor que hay en tí. Lo has estrangulado, y lo has asesinado siempre que lo has detectado en los otros, en tus hijos, tu esposa, tu marido, tu padre o tu madre. Eres pequeño y quieres seguir siendo pequeño.

    ¿Preguntas cómo puedo saber todo esto? Te contare:

    Te he experimentado, he experimentado contigo, me he experimentado a mí mismo dentro tuyo. Como terapista te he liberado de tu pequeñez, como educador frecuentemente te he llevado hacia la integridad y la franqueza. Sé como te autodefiendes contra la honradez, conozco el terror que te conmociona cuando se te pide que sigas a tu ser verdadero y genuino.

    No eres solamente pequeño, Pequeño Hombrecito. Sé que tienes «grandes momentos» en la vida, momentos de «rapto» y de «elación», de «ascensión». Pero no tienes energía suficiente para ascender más y más alto, permitir a tu elación 'conducirte arriba, arriba. Tienes miedo de elevarte, tienes miedo de la altura y de la profundidad. Nietzsche te explicó esto muchísimo mejor hace ya mucho tiempo. Pero no te explicó por qué eres así. Intentó convertirte en un Superhombre, un «Ubermensch» para engrandecer lo humano en ti. Su Ubermensch llegó a ser tu «Führer Hitler». Y tu seguiste siendo el «Untermensch».

    Quiero que dejes de ser un Untermensch y quiero que llegues a ser tú mismo. Tú mismo, en vez de ser el periódico que lees o la pobre opinión de tu vicioso vecino. Sé que ignoras lo que eres y cómo eres en el fondo de tu ser. En lo profundo eres lo que es un ciervo, o tu Dios, tu poeta o tu hombre sabio. Pero tú crees que eres un miembro de la Legión, del club de bolos o del Ku-Klux-Klan. Y desde el momento en que crees esto, actúas tal como lo haces. Esto, también te lo han dicho otros; Heinrich Mann en Alemania hace ya veinticinco años, y en América, Upton Sinclair, Dos Passos y otros. Pero no conoces a Mann o Sinclair. Sólo conoces

    al campeón de boxeo y a Al Capone. Teniendo que escoger entre una librería y un baile, sin ninguna duda escogerías el baile. Mendigas por un poco de felicidad en la vida, pero la seguridad es más importante para tí, incluso si te cuesta tu espinazo o tu vida. Como nunca aprendiste a crear felicidad, a disfrutarla y a protegerla, no comprendes el coraje del individuo honrado. ¿Quieres saber, Pequeño Hombrecito, cómo eres? Escuchas en la radio los anuncios de laxantes, pastas dentífricas y desodorantes. Pero no llegas a escuchar la música de la propaganda. No llegas a percibir la estupidez y el irritante mal gusto de esas cosas que están destinadas a ¡¡amar tu atención. ¿En algún momento has prestado atención a los chistes, que hace sobre tí el animador en un night club? Chistes sobre tí, sobre sí mismo, sobre la totalidad de tu miserable pequeño mundo.

    Escucha tu propaganda, la de laxantes, y aprenderás quién y cómo eres. Escucha, Pequeño Hombrecito: La miseria de la existencia humana se esclarece a la luz de cada una de estas insignificantes fechorías. Cada una de tus pequeñeces hace que la esperanza de un mejoramiento sea cada vez menor. Esta es la causa para estar triste, Pequeño Hombrecito, una tristeza profunda que rompe el corazón. Para no sentir esta tristeza, haces pequeños chistes malos, y los llamas «humor-folk». Escuchas el chiste sobre tí mismo, y te ríes sinceramente, con los otros. No te ríes porque te burles de ti. Te ríes del Pequeño Hombrecito, pero no sabes que te ríes de tí mismo, que se ríen de ti. Millones de Pequeños hombrecitos no saben que se ríen de ellos. ¿Porqué se ríen de tí, Pequeño Hombrecito, tan abiertamente, tan sinceramente, con una alegría tan maliciosa, durante tantos siglos? ¿Nunca te ha hecho sentir incómodo la ridícula forma en que «la gente» es presentada en las películas? Te diré porque se ríen de tí, porque yo te tomo muy, muy en serio:

    Con la mayor perseverancia tu pensamiento pasa siempre al lado de la verdad, del mismo modo como un juguetón tirador certero es capaz de dar continuamente fuera del blanco. ¿No te parece? Te lo voy a mostrar. Hace ya tiempo que hubieras llegado a ser dueño de tu existencia, si tu pensamiento fuese en dirección a la verdad. Pero razona de esta forma:

    «La culpa de todo es de los Judíos.» «¿Qué es un judío» pregunto. «Gente con sangre Judía,» es tu respuesta. «¿Cuál es la diferencia entre la sangre Judía y otra sangre?» Esta pregunta te deja perplejo; dudas, te sientes confundido, y respondes: «Quiero decir la raza Judía.» «¿Qué es una raza?» Pregunto» ¿Raza? Pero si es muy simple: así como existe una raza alemana, existe una raza Judía. «¿Qué caracteriza a la raza Judía?» «Bueno, un Judío tiene el pelo oscuro, tiene el hueso de la nariz largo y ganchudo y ojos penetrantes. Los Judíos son avariciosos y capitalistas.» «¿Has visto alguna vez a un Francés o Italia, no mediterráneo al lado de un judío? ¿Puedes distinguirlos?» «Bueno, realmente no.» «Entonces, ¿Qué es un Judío? El color de la sangre no muestra ninguna diferencia; no parece muy diferente de un francés o un italiano. Y, ¿Has visto alguna vez Judíos Alemanes?» «Seguro, parecen Alemanes». «Y, ¿Qué es un Alemán?» «Un Alemán pertenece a la raza Nórdica Aria.» ¿Los Hindúes son Arios?» «Seguro.» «¿Son Nórdicos?» «No» «¿Son Rubios?» «No.» «Entonces date cuenta, no sabes lo que es un Alemán ni lo que es un Judío.» «Pero existen Judíos». «Por supuesto existen Judíos, as¡ como existen Cristianos y Mahometanos.» «Quiero decir la religión Judía.»«Era Germano Roosevelt?!» «No». «¿Por qué llamas Judío a un descendiente de David y no llamas Germano a Roosevelt?» «Con los Judíos es diferente» «¿Cuál es la diferencia?» «No lo sé».

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