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    September 17

    PEQUEÑO HOMBRECITO VI

     


    Ya sé que esto también es ajeno a tu pensar y sentir. Pero créeme: si un centenar de veces, mil, un millón, inflinjes heridas que no puedes curar -incluso aunque al poco tiempo te olvides de lo que hiciste- el gran hombre sufre por tus delitos en tu lugar, no debido a que éstos sean grandes delitos, sino porque son mezquinos. Le gustaría saber qué es lo que te mueve para hacer cosas como estas: insultar a tu compañero marital porque él o ella te ha contrariado; torturar a tu hijo porque no le gusta un vecino vicioso; mirar con sorna a una persona amable y explotarla; coger donde se te da y dar donde se te exige, pero nunca dar donde se te da con amor,« dar otra patada al compañero que está hundido o a punto de hundirse; mentir cuando se pide la verdad, y siempre acorralar a la verdad en lugar de la mentira. Siempre estás del lado de los perseguidores, Pequeño Hombrecito.

    Para ganarse tu favor, Pequeño Hombrecito, para ganarse tu inútil amistad, el gran hombre tendría que ajustarse a tí, tendría que hablar en la forma que tú lo haces, tendría que adornarse con tus virtudes. Pero si tuviera tus virtudes, tu lenguaje y tu amistad, ya no seguiría siendo grande, sincero y sencillo. La prueba de ello: los amigos que hablaron de la forma en que tú querías que hablaran, nunca han sido grandes hombres.

    No crees que tu amigo pudiera conseguir algo grande. Secretamente te desprecias, incluso cuando -o especialmente cuando- haces la mayor ostentación de tu dignidad; y desde el momento en que te desprecias a tí mismo, no puedes respetarle a él que es tu amigo. No puedes creer que alguien que se sienta en la misma mesa contigo o vive en la misma casa pudiera alcanzar algo grande. Estando cerca tuyo, Pequeño Hombrecito, es difícil pensar. Uno sólo puede pensar sobre tí, no contigo. Ya que tu estrangulas cualquier pensamiento grande y arrebatador. Como madre le dices a tu hijo que explora su mundo: «Esto no es cosa de niños». Como profesor de biología dices: «Esto no es para estudiantes decentes. ¿Acaso dudan sobre la teoría de los gérmenes del aire?» Como maestro de escuela dices: «Los niños son para ser vistos y no para ser oídos.» Como esposa dices: «¡Ja! ¿Un descubrimiento? ¡Tú y tus descubrimientos! ¿Por qué no vas a la oficina como todo el mundo y haces una vida decente?»

    Pero tú crees lo que se dice en los periódicos, tanto si lo entiendes como si no.

    Y te diré Pequeño Hombrecito: Has perdido la sensibilidad de lo mejor que hay en tí. Lo has estrangulado, y lo has asesinado siempre que lo has detectado en los otros, en tus hijos, tu esposa, tu marido, tu padre o tu madre. Eres pequeño y quieres seguir siendo pequeño.

    ¿Preguntas cómo puedo saber todo esto? Te contare:

    Te he experimentado, he experimentado contigo, me he experimentado a mí mismo dentro tuyo. Como terapista te he liberado de tu pequeñez, como educador frecuentemente te he llevado hacia la integridad y la franqueza. Sé como te autodefiendes contra la honradez, conozco el terror que te conmociona cuando se te pide que sigas a tu ser verdadero y genuino.

    No eres solamente pequeño, Pequeño Hombrecito. Sé que tienes «grandes momentos» en la vida, momentos de «rapto» y de «elación», de «ascensión». Pero no tienes energía suficiente para ascender más y más alto, permitir a tu elación 'conducirte arriba, arriba. Tienes miedo de elevarte, tienes miedo de la altura y de la profundidad. Nietzsche te explicó esto muchísimo mejor hace ya mucho tiempo. Pero no te explicó por qué eres así. Intentó convertirte en un Superhombre, un «Ubermensch» para engrandecer lo humano en ti. Su Ubermensch llegó a ser tu «Führer Hitler». Y tu seguiste siendo el «Untermensch».

    Quiero que dejes de ser un Untermensch y quiero que llegues a ser tú mismo. Tú mismo, en vez de ser el periódico que lees o la pobre opinión de tu vicioso vecino. Sé que ignoras lo que eres y cómo eres en el fondo de tu ser. En lo profundo eres lo que es un ciervo, o tu Dios, tu poeta o tu hombre sabio. Pero tú crees que eres un miembro de la Legión, del club de bolos o del Ku-Klux-Klan. Y desde el momento en que crees esto, actúas tal como lo haces. Esto, también te lo han dicho otros; Heinrich Mann en Alemania hace ya veinticinco años, y en América, Upton Sinclair, Dos Passos y otros. Pero no conoces a Mann o Sinclair. Sólo conoces

    al campeón de boxeo y a Al Capone. Teniendo que escoger entre una librería y un baile, sin ninguna duda escogerías el baile. Mendigas por un poco de felicidad en la vida, pero la seguridad es más importante para tí, incluso si te cuesta tu espinazo o tu vida. Como nunca aprendiste a crear felicidad, a disfrutarla y a protegerla, no comprendes el coraje del individuo honrado. ¿Quieres saber, Pequeño Hombrecito, cómo eres? Escuchas en la radio los anuncios de laxantes, pastas dentífricas y desodorantes. Pero no llegas a escuchar la música de la propaganda. No llegas a percibir la estupidez y el irritante mal gusto de esas cosas que están destinadas a ¡¡amar tu atención. ¿En algún momento has prestado atención a los chistes, que hace sobre tí el animador en un night club? Chistes sobre tí, sobre sí mismo, sobre la totalidad de tu miserable pequeño mundo.

    Escucha tu propaganda, la de laxantes, y aprenderás quién y cómo eres. Escucha, Pequeño Hombrecito: La miseria de la existencia humana se esclarece a la luz de cada una de estas insignificantes fechorías. Cada una de tus pequeñeces hace que la esperanza de un mejoramiento sea cada vez menor. Esta es la causa para estar triste, Pequeño Hombrecito, una tristeza profunda que rompe el corazón. Para no sentir esta tristeza, haces pequeños chistes malos, y los llamas «humor-folk». Escuchas el chiste sobre tí mismo, y te ríes sinceramente, con los otros. No te ríes porque te burles de ti. Te ríes del Pequeño Hombrecito, pero no sabes que te ríes de tí mismo, que se ríen de ti. Millones de Pequeños hombrecitos no saben que se ríen de ellos. ¿Porqué se ríen de tí, Pequeño Hombrecito, tan abiertamente, tan sinceramente, con una alegría tan maliciosa, durante tantos siglos? ¿Nunca te ha hecho sentir incómodo la ridícula forma en que «la gente» es presentada en las películas? Te diré porque se ríen de tí, porque yo te tomo muy, muy en serio:

    Con la mayor perseverancia tu pensamiento pasa siempre al lado de la verdad, del mismo modo como un juguetón tirador certero es capaz de dar continuamente fuera del blanco. ¿No te parece? Te lo voy a mostrar. Hace ya tiempo que hubieras llegado a ser dueño de tu existencia, si tu pensamiento fuese en dirección a la verdad. Pero razona de esta forma:

    «La culpa de todo es de los Judíos.» «¿Qué es un judío» pregunto. «Gente con sangre Judía,» es tu respuesta. «¿Cuál es la diferencia entre la sangre Judía y otra sangre?» Esta pregunta te deja perplejo; dudas, te sientes confundido, y respondes: «Quiero decir la raza Judía.» «¿Qué es una raza?» Pregunto» ¿Raza? Pero si es muy simple: así como existe una raza alemana, existe una raza Judía. «¿Qué caracteriza a la raza Judía?» «Bueno, un Judío tiene el pelo oscuro, tiene el hueso de la nariz largo y ganchudo y ojos penetrantes. Los Judíos son avariciosos y capitalistas.» «¿Has visto alguna vez a un Francés o Italia, no mediterráneo al lado de un judío? ¿Puedes distinguirlos?» «Bueno, realmente no.» «Entonces, ¿Qué es un Judío? El color de la sangre no muestra ninguna diferencia; no parece muy diferente de un francés o un italiano. Y, ¿Has visto alguna vez Judíos Alemanes?» «Seguro, parecen Alemanes». «Y, ¿Qué es un Alemán?» «Un Alemán pertenece a la raza Nórdica Aria.» ¿Los Hindúes son Arios?» «Seguro.» «¿Son Nórdicos?» «No» «¿Son Rubios?» «No.» «Entonces date cuenta, no sabes lo que es un Alemán ni lo que es un Judío.» «Pero existen Judíos». «Por supuesto existen Judíos, as¡ como existen Cristianos y Mahometanos.» «Quiero decir la religión Judía.»«Era Germano Roosevelt?!» «No». «¿Por qué llamas Judío a un descendiente de David y no llamas Germano a Roosevelt?» «Con los Judíos es diferente» «¿Cuál es la diferencia?» «No lo sé».


    Esta es la forma en que chocheas, Pequeño Hombrecito. A partir de este chocheo creas ejércitos armados y éstos encarcelan a diez millones de personas por «Judíos», aunque tú ni siquiera puedes decir qué es un Judío. Esto es por lo que se ríen de tí, la razón por la que se te evita cuando uno tiene un trabajo serio que realizar, ésta es la razón por la cual permaneces en la ciénaga. Cuando dices «Judío» te sientes superior. Tienes que hacer esto porque realmente te sientes miserable. Y te sientes miserable porque precisamente eres aquello que tú asesinas en el supuesto Judío. Esto es sólo una minúscula parte de la verdad sobre tí, Pequeño Hombrecito.

    Sientes menos tu pequeñez cuando dices «Judío», con tono de arrogancia o menosprecio. He hecho este descubrimiento recientemente. Llamas a alguien un «Judío» si te inspira un respeto demasiado pequeño o demasiado grande. Enjuicias arbitrariamente para determinar quién es un «Judío».


    Pero yo no te concedo este derecho, ya seas un pequeño Ario o un pequeño Judío. Sólo yo, y nadie más en este mundo, tiene el derecho de determinar quién soy yo.


    Soy, biológica y culturalmente, un mestizo, y estoy orgulloso de ser el resultado intelectual y físico de toda clase de razas y naciones, orgulloso de no pertenecer, como tú, a una «clase pura», de no ser chauvinista como tú, Pequeño Fascista de todas las naciones, razas y clases.

    Oí que en Palestina no quisiste a un técnico Judío porque no estaba circunciso. No tengo más en-común con los Fascistas Judíos que con otros cualesquiera. ¿Por qué, Pequeño Judío, solamente retrocedes hasta Sem..., y no hasta el protoplasma? Para mí, la vida comienza en la contracción plasmática, y no en la oficina de un rabbi.

    Fueron necesarios muchos millones de años para desarrollarte desde un pez-gelatinoso hasta un terrestre bípedo. Tu aberración biológica, en la forma de rigidez, ha durado solamente seis mil años., Serán necesarios cien o quinientos o puede que cinco mil años antes que redescubras tu propia naturaleza, antes de que encuentres de nuevo al pez-gelatinoso que hay en tí mismo. Yo descubrí el pez de gelatina en tí y te lo describí con un lenguaje claro. Cuando oíste hablar de ello por primera vez, me llamaste un nuevo genio. Te acordarás, fue en Escandinavia, en aquel tiempo en que estabas buscando un nuevo Lenin. Pero tenía cosas más importantes que hacer y rechacé ese papel. También me proclamaste como a un nuevo Darwin, o Marx, o Pasteur, o Freud.

    Hace ya mucho tiempo que te dije que también tú serías capaz de hablar y escribir como yo, tan solo con que no aclamaras siempre, ¡Ha¡, Ha¡, Mesías! Ya que este clamor victorioso atonta tu mente y paraliza" tu naturaleza creativa.


    ¿No persigues a la «madre ilegítima» como a un ser inmoral, Pequeño Hombrecito? ¿No haces una estricta distinción entre los niños «nacidos dentro del matrimonio» que son «legítimos» y los hijos «nacidos fuera del matrimonio»que son «ilegítimos»? ¡OH, tú, pobre criatura! No entiendes ni tus propias palabras: Veneras al niño Jesús. El niño Jesús nació de una madre que no tenía certificado matrimonial. Así, sin tener la más mínima idea de ello, veneras en el niño Jesús tu anhelo de libertad sexual, tú, Pequeño Hombrecito Calzonazos. Hiciste. del niño Jesús, nacido «ilegítimamente», el hijo de Dios, quien no hacía distinciones con los hijos ilegítimos. Pero entonces, como el Apóstol Pablo, empezaste a perseguir a los hijos de¡ verdadero amor y a dar la protección de tus leyes religiosas a los hijos de¡ verdadero aborrecimiento. ¡Eres un miserable, Pequeño Hombrecito! Tus automóviles y trenes pasan sobre los puentes inventados por el gran Galileo. ¿Sabías, Pequeño Hombrecito, que el gran Galileo tenía tres hijos sin licencia matrimonial? Eso no se lo cuentas a tus niños en la escuela. ¿Y no es cierto también que torturaste a Galileo por esta misma razón?

    ¿Y sabes, Pequeño Hombrecito de la «madre patria de los pueblos Eslavos», que tu gran Lenin, el padre más grande de todos los proletarios del mundo, abolió tus casamientos compulsivos cuando alcanzó el poder? ¿Y sabes que él mismo había vivido con su mujer sin licencia matrimonial? Y, a través de vuestro Führer de todos los Eslavos, ¿no os fueron restablecidas las viejas leyes de casamiento compulsivo, porque no supisteis que debíais proteger esta gran conquista de Lenin?

    De todo esto no sabes nada de nada, porque, ¿Qué es la verdad para ti, o la historia, o la lucha por tu libertad, y quién eres tú, en cualquier caso, para tener una opinión propia?

    No tienes la menor idea de¡ hecho de que es tu mente pornográfica y tu irresponsabilidad sexual las que ponen las cadenas de tus leyes matrimoniales. Te sientes miserable y pequeño, mal oliente, impotente, rígido, sin vida y vacío. No tienes mujer, o si tienes una solamente quieres «tirártela» para así demostrar que eres un «macho». No sabes lo que es el amor. Estás estreñido y tomas laxantes. Hueles mal, tu piel es viscosa; no sientes a tu hijo en tus brazos y por eso lo tratas como a un muñeco que puede ser golpeado.

    Durante toda la vida has sido molestado por tu impotencia. Invade cada uno de tus pensamientos. Interfiere con tu trabajo. Tu mujer te abandona porque eres incapaz de darle amor. Sufres fobias, nerviosismo y palpitaciones.

    Tus pensamientos se revuelven alrededor de la sexualidad. Alguien te explica algo sobre economía-sexual, alguien que te entiende y le gustaría ayudarte. De forma que durante el día

    estarías libre de pensamientos sexuales y serías capaz de hacer tu trabajo. Le gustaría ver a tu esposa feliz y no desesperada entre tus brazos. Le gustaría ver a tus hijos rosados, en lugar de pálidos, amorosos y no crueles. Pero tú, oyendo hablar de economía sexual, dices: «El sexo no lo es todo. Existen otras cosas importantes en la vida».Así eres Pequeño Hombrecito. 0 eres «marxista», un «revolucionario profesional», y serías «Führer de los proletarios del mundo». Deseas liberar al mundo de sus sufrimientos. Las masas defraudadas huyen de tí, y tú corres detrás de ellas, chillando: «Deteneos, deteneos, vosotras masas proletarias!

    ¡Simplemente no podéis ver todavía que soy vuestro liberador! ¡Abajo el capitalismo! Yo hablo a tus masas, Pequeño Revolucionario, les muestro la miseria de sus pequeñas vidas. Escuchan llenos de entusiasmo y esperanza. Se amontonan en tus organizaciones porque allí esperan encontrarme a mí.

    Pero, ¿qué haces tú? Dices: «la sexualidad es un invento pequeño-burgués. Son los factores económicos los que cuentan.» Y lees el libro de Van de Velde sobre técnicas sexuales.

    Cuando un gran hombre lucha por dar una base científica a tu emancipación económica, lo dejas morirse de hambre. Mataste la primera irrupción de la verdad contra tu desviación de las leyes de la vida. Cuando este primer intento tuvo éxito, te hiciste cargo de su administración y de esta forma lo mataste por segunda vez. La primera vez, el gran hombre disolvió tu organización.

     

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